¡Gracias a la Música!

Jugando a muy temprana edad en mi casa encontré unos discos de acetato que había dejado mi papá antes de morir, como no sabía leer no sabía lo que decían sus carátulas pero sí identificaba las melodías cuando mi mamá o mi hermana Lucre los ponían en el tocadiscos. Se trataba de Las Cuatro Estaciones de Vivaldi y de unas Zarzuelas, así fue apareciendo el gnomo de la música en mi vida.

Un poco después apareció el Concierto de Aranjuez, algo de Mozart, Rachmaninov, Chopin y Beethoven que escuchaban amigos de mi hermana cuando visitaban la casa; también habían obras corales interpretadas por un coro al que ella pertenecía, y por fin un disco que le regalaron de música rusa donde estaban ocultas Las Danzas Polovtsianas de Borodín, recuerdo quedarme extasiado ante su belleza.

Fui un niño privilegiado, en medio de la pobreza y necesidades de esa época tenía la riqueza de la música y no lo sabía, era muy temprano también para saber cuál era el sentido de ese encuentro.

Nunca me vi haciendo música, no porque no quisiera, sino porque desde muy pequeño comencé a trabajar y me habían puesto muy claras las prioridades, eran épocas muy difíciles, de muchas necesidades y había que ayudar en la casa. Nunca supe si fue esta condición o si fue una coincidencia pero cada vez que trataba de estudiar música algo pasaba y tenía que suspender, hasta el punto en el que me sentía muy apenado con todos los que trataron de ayudarme en ese afán.

Canté en un coro infantil, intenté el violín, la guitarra, la flauta traversa, por fin llegó el piano, pero también llegaron más desafíos, más razones por las que había que suspender, aplazar, a veces con una tristeza infinita, pero nunca dejé de escuchar música. Recuerdo que con mi primer salario de lavaplatos en Nueva York, a mis 16 años, me compré el disco de la Sonata Claro de Luna de Beethoven y la escuchaba en silencio, quietecito, con las luces apagadas, así acortaba de alguna manera la distancia y la ausencia que a veces me embriagaba.

La música, además de seducirme, de hipnotizarme, a veces de perseguirme y otras veces de escaparse de mí, ha estado siempre en mi vida, y si bien no me permitió ser uno más de sus intérpretes, como yo tal vez lo hubiera deseado, me enseñó a interpretar su poder y don de transformación humana y a ponerme a su servicio para tocar otras vidas, que cuando miro hacia atrás son otras vidas muy parecidas a la mía, solo que algunas tienen otras angustias y necesidades, grandes vacíos y un doloroso abandono.

La música se escapó de mi alcance, entonces aprendí otras artes y me volví un buen rebuscador. Luego la música volvió a aparecer, una de sus tantas veces, pero esta vez para indicarme que la tarea ahora debía ser social y humana.

Había que unir la capacidad de gestión aprendida con el amor por la música y hacer una labor humana, no quedarnos solo en los sonidos perfectos y en el arte depurado sino en la capacidad que tiene la música para tocar vidas, para sensibilizar con sus sonidos y vibraciones, y para abrir espacios de reflexión donde podemos acompañar a los niños en un proceso de superación personal, de fortaleza, de crecimiento.

Enfatizar en una tarea que pueda ayudar a cada niño y a cada joven a sentirse capaz de enfrentar cualquier adversidad en su vida, donde prime su desarrollo humano para que la música pueda por fin tener un lugar en él, y aferrarse a ese instrumento que lo acompañará toda la vida y le dará el don de tocar a miles a lo largo del camino.

Hoy escucho a muchos niños y jóvenes tocar las obras que escuché en mi infancia, tiempos en que  no habían orquestas de niños, ellos descubrieron estas obras con un instrumento en la mano, y pareciera que no ha pasado el tiempo, que el milagro es el mismo, puedo ver su fascinación y cómo la música encuentra un lugar en sus corazones.

Me tomó mucho tiempo entender que mi función con la música era facilitar ese encuentro maravilloso entre los niños, que la música fuera un privilegio de miles, de los menos privilegiados, y que ese encuentro no fuera solo para hacer música sino para transformar vidas.

Los sonidos de mi infancia los interpretan ahora miles de corazones que laten al unísono, con otra intensidad; un ritmo que mantiene mi pulso, mi empeño y mi compromiso con una labor que no cambio por nada en el mundo.

¡Gracias a la Música!

 

 

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